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Lianne Milton para The New York Times

The New York Times – America
En español
April 1, 2015

por Vanessa Barbara

SAO PAULO, Brasil — Un viernes por la noche en febrero, hubo un corte de electricidad en las calles de Palmeirinha, una favela de Rio de Janeiro. Tres adolescentes negros estaban jugueteando frente a su casa. Uno de ellos echó a correr y los otros dos lo siguieron, riendo. En ese momento llegó la policía disparando. Chauan Jambre Cezário, de 19 años de edad, fue herido de gravedad. Alan de Souza Lima, de 15 años, murió allí mismo con el celular en la mano: él había grabado todo en video, hasta sus últimos minutos de agonía.

Según el reporte oficial emitido al día siguiente, los chicos fueron baleados después de enfrentarse a la policía. Los agentes dijeron haber encontrado dos armas en el sitio y acusaron a Cezário de haberse resistido al arresto. El chico, que vende helados en la playa de Ipanema, fue llevado a la sala de urgencias y esposado a la cama.

Los cargos fueron retirados, pero la experiencia de Cezário, junto con la muerte de su joven amigo, narra una historia de violencia contra los jóvenes negros en Brasil.

Los afro-brasileños – gente que se identifica como negra o marrón – constituyen el 53 por ciento de nuestra población, de un total de 106 millones de habitantes. Es la población negra más grande del mundo fuera de África y la segunda después de Nigeria. Según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, los brasileños negros de 12 a 18 años de edad tienen tres veces más posibilidades de ser asesinados que los blancos de su misma edad. Una investigación del Fondo Brasileño de Seguridad Pública encontró que los brasileños negros representan el 68 por ciento de todas las víctimas de homicidio.

Pero también tienen más posibilidades de morir a manos de la policía. Un estudio de la Universidad de San Carlos muestra que 58 por ciento de todas las personas asesinadas en Sao Paulo por la policía militar son negras. Y constituyen el 62 por ciento de todas las personas encarceladas en todo el país.

“Cuando vemos una patrulla de policía, se nos paraliza el corazón”, me dijo Luiz Roberto Lima, fotógrafo negro de Río de Janeiro que vivió en las calles en su adolescencia. “Nos pueden matar solo por estar en la calle, por defender nuestros derechos o por puro gusto. Y aunque no tengamos antecedentes penales nos pueden inventar algo en contra nuestra.”

Él se refería a los famosos “asesinatos de resistencia”, en los que la policía les dispara a las víctimas después de que éstas presuntamente dispararon primero. Y ya no hay más investigación, que es lo que probablemente hubiera ocurrido en Palmeirinha de no haber sido por la evidencia en video.

La desigualdad racial obviamente tiene raíces históricas. En Brasil, la esclavitud duró tres siglos aproximadamente, desde principios del siglo XVI hasta mediados del XIX, periodo en el que llegaron cinco millones de esclavos procedentes de África: unas once veces más que en América del Norte. El país fue el último de América en abolir la esclavitud, en 1888. Pero muchos afro-brasileños siguen confinados a los márgenes de la sociedad. Actualmente, casi 70 por ciento de las personas que viven en pobreza extrema son negras. Y están casi por completo ausentes de posiciones de poder. Los 39 ministros del gabinete de la presidenta Dilma Rousseff son blancos, excepto uno: el titular del Secretariado Especial para el Fomento de la Igualdad Racial.

En una reciente entrevista para un periódico, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie aseguró que “Brasil se niega a aceptar la cuestión racial”. A ella le sorprendió enterarse, durante una visita hace algunos años, que aquí no se habla mucho del tema, como si el racismo no fuera un problema. Y agregó: “No puedo evitar notar que en Brasil están relacionadas la raza y la clase. Puedo ir a restaurantes buenos y no ver a una sola persona negra.”

Esta observación puede confirmarse con lo que los brasileños llaman la “prueba del cuello”. Acuñada por el servidor público Francisco Antero y la maestra de historia Luzia Souza, la prueba consiste en contar a las personas blancas y negras en diferentes roles, en diferentes circunstancias. Por ejemplo, se estira el cuello en una joyería y se cuenta cuántos vendedores son negros y se compara con el número de clientes negros. O se echa una mirada en una escuela elegante y se cuenta cuántos estudiantes y profesores son negros, y después se compara con el número de empleados negros.

Recientemente apliqué la prueba del cuello en una lujosa heladería en un barrio rico de Sao Paulo. Cinco de los siete empleados eran negros, contra uno solo de los 30 clientes. Y sospecho que era extranjero. Después, en un autobús urbano, de unas dos docenas de pasajeros, yo era una de los tres únicos blancos.

Para mejorar esta situación, el gobierno brasileño ha establecido en los últimos años algunos programas de acción afirmativa, como reservar para las minorías raciales cierto porcentaje de empleos en el servicio civil y lugares en las universidades públicas. También ha entregado derechos parciales sobre tierras a nueve comunidades formadas por quilombolas (descendientes de esclavos fugitivos). Aunque esos derechos de tierras están garantizados en la Constitución, se calcula que los han recibido solo 5.8 por ciento de las 214,000 familias que viven en quilombos.

El programa universitario de acción afirmativa más antiguo ha existido desde hace diez años, pero sigue recibiendo duras críticas. Uno de los principales diarios brasileños ha tomado una posición firme en contra de las cuotas raciales en las universidades, sosteniendo que bastaría un sistema que fomentara la diversidad socioeconómica. Algunos críticos consideran las cuotas una especie de discriminación inversa, o se preocupan que puedan incitar al odio racial en nuestra “democracia racial” imaginaria, donde blancos y negros juegan lado a lado en las calles sin temor a que les den un balazo en el pecho.

Es como lo dijo Adichie. Brasil sigue negándose a aceptar la realidad.


Vanessa Barbara es columnista del periódico brasileño O Estado de Sao Paulo y editora del sitio Web literario A Hortaliça.

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O Estado de S. Paulo – Caderno 2
27 de abril de 2015

por Vanessa Barbara

Não precisam me agradecer, mas estou prestes a revelar, nesta humilde coluna, algo que mudará a vida dos senhores. O leitor que ainda não estiver sentado, faça o favor de puxar uma cadeira e dedicar total atenção à pérola de sabedoria que está por vir. Aí vai:

O segredo da vida é ser muito ruim e extremamente dedicado a algo.

Por exemplo: passar vinte anos treinando voleibol com extrema seriedade, mesmo sabendo que não se tem altura ou aptidão para o esporte. Treinar pesado e disputar cada ponto como valesse vaga para o Mundial, ainda que o nível esteja mais parecido com o de um Campeonato Interescolar de Batata Quente.

Após protagonizar uma situação ridícula, como, por exemplo, acertar uma raquetada na própria testa enquanto joga pingue-pongue, o segredo é esperar que todos em volta parem de rir e afirmar: “É normal entre os atletas de ponta do tênis de mesa, nível olímpico, errar a bolinha e rebater o ar. É, não é? Hugo Hoyama, 1992? Alguém?”

Saber ser ridículo é um dos grandes trunfos de um indivíduo, que fica orgulhoso quando tromba com uma lixeira na rua e pede desculpas, e depois faz questão de relatar o incidente no Facebook. Viver com sabedoria é se desequilibrar de um barco, cair de costas na água e levantar com uma mesura, dizendo: “Obrigado, senhoras e senhores. Obrigado.”

Mas passar vergonha pode acontecer com qualquer um, e aqui estamos falando de procurar ativamente a vergonha e cultivá-la às segundas e quartas, preferencialmente pagando por isso.

Fiz aulas de sapateado por uns dez meses, mas tive de parar depois que o professor titular foi dar uma volta ao mundo e o substituto arrumou outro emprego. Admito que minha turma pode ter tido vasta influência na deserção em massa dos instrutores, que invariavelmente olhavam no espelho, examinavam nossa performance e pensavam: “Bem que minha mãe falou: seja médico, meu filho. Seja advogado”.

Toda semana, o professor passava uma sequência fácil de coreografia, por exemplo: “flap – ball change – heel – toe – heel”, que acabava com “mãos de jazz” (aquele movimento em que o dançarino exibe as duas mãos espalmadas, abanando-as de forma dramática). Vinha um silêncio e ele pedia que repetíssemos. O resultado era sempre parecido com uma manada de búfalos frenéticos girando para o lado errado e terminando em tempos distintos. Afinal, cada aluno tinha um momento íntimo para expressar a sua arte. Só havia uma certeza: “mãos de jazz” era como sempre terminávamos nossas memoráveis performances. (Não há vídeos. Não insistam.)

Na série Bunheads, a professora de sapateado de uma cidadezinha pergunta para uma das alunas há quanto tempo ela faz aulas. A moça não tem certeza, mas calcula que há uns dois ou três anos. “Você não está evoluindo”, exclama a professora. “Eu sei!”, retruca a aluna, visivelmente satisfeita.

“Digo, você é realmente terrível!”

E ela, empolgada: “Não sou?”.

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O Estado de S. Paulo – Caderno 2
20 de abril de 2015

por Vanessa Barbara

Estou absolutamente convencida de que existe uma máfia de gatos na minha rua, comandando igualmente humanos e cães com o pulso firme de quem só tem medo de banho. (As cinco tartarugas da área governam a si mesmas desde o tempo dos dinossauros, constituindo, portanto, um estado independente.)

Quando anoitece, o gato branco de codinome Polaco caminha tranquilamente pelo meio da rua, like a boss, enquanto os moradores trancam as portas e rezam baixinho – não tenho dúvidas de que se trata de uma mistura felina de Michael Corleone e Avon Barksdale. Como todos os mafiosos de respeito, ele tem o rabo torto e um tique nervoso que o faz enrolar e desenrolar a ponta da cauda quando sob pressão. Acabo de vê-lo espreitando um dos operários da construção aqui da frente, enovelando a cauda, como que para intimidá-lo.

É evidente que a máfia felina mandaquiense tem relações escusas com o setor imobiliário e as empreiteiras; não é raro que um gato salte o muro para cobrar dívidas impiedosamente. Precisa ver o que fazem com os passarinhos indisciplinados.

E não é só isso: outro dia o Polaco estava – à luz do dia! – sabotando as telecomunicações do bairro. Vi o meliante tentando mascar a antena parabólica da casa da Juliana. Ao ser surpreendido, o arisco capo me lançou um olhar de desdém e continuou mordiscando o que lhe era de direito.

Mas, se me perguntarem, eu não vi coisa alguma.

Também não sei de nada sobre a tarde em que o Caramelo apareceu no meu jardim e ficou na cola de uma borboleta. Trata-se de um legítimo corner cat, ou seja, um gato de baixo status na hierarquia do crime, cuja missão é alertar os chefes da aproximação iminente do homem do biju. Mas às vezes eles se distraem com moscas.

Como todos os novatos, Caramelo é mais propenso a virar informante e passar para o nosso lado; meses atrás, cedeu aos meus afagos e ao suborno de leite que ofereci e, diante do olhar ameaçador do chefão Polaco, dormitou e ronronou em meu colo, numa sessão de coçadinhas que durou até o anoitecer.

Acho que, aos poucos, estamos conseguindo desestruturar essa organização nefasta que torna prisioneiros todos os moradores do meu quarteirão. Costumamos sair de cabeça baixa, andando rápido, tentando não olhar nos olhos de nenhum bichano. Polaco nos proíbe de ir trabalhar quando decide se deitar nos nossos tapetes. Ele tem os olhos azuis cortantes e um semblante malévolo, sobretudo quando interrompem seu cochilo.

Dias depois dessa fatídica tarde em que cooptei o gato laranja, avistei Polaco e Zeca (um felino cinza de raça nobre) rondando o meu jardim, distribuindo inequívocas provas de vilania e poder. Zeca me encarou longamente e se pôs a cavoucar a terra em busca de um tatu-bola. Pouco depois, encontrei pegadas de gato na mesa do escritório. (É sério.)

Aposto que vou acordar, um dia desses, com um cadáver de minhoca na minha cama.

O Estado de S. Paulo – Caderno 2
13 de abril de 2015

por Vanessa Barbara

Depois da crônica “Extraordinários” (O Estado de S. Paulo, 5/1/2015), vários mineiros de confiança vieram me procurar para dizer que: a) estavam presentes quando o tiranossauro perseguiu o Chevette na estrada de Piau para Coronel Pacheco; ou b) gostariam de mais informações sobre a criação de tarântulas; ou c) a planta que germinou dentro do gesso do indivíduo citado era um pé de feijão.

Outras histórias vagamente críveis foram relatadas, motivo pelo qual resolvi publicar uma segunda parte da série sobre os mineiros, esses seres que estão sempre nos lugares mais improváveis em momentos pouco cabíveis, junto a criaturas que podem ou não existir no universo cognoscível.

Um amigo me contou de um senhor de Governador Valadares que tentou imigrar para os Estados Unidos sem falar inglês. Dentro de uma van cheia de ilegais, ao ouvir o policial da fronteira dizer ao motorista: “OK, thank you very much”, ele entendeu: “OK, tranque o velho e mate”. E saiu gritando: “Não, por favor, não precisa matar, não”.

Fica a critério do leitor, dependendo de seu estado de origem, acreditar ou não nessa anedota.

Da mesma fonte veio o caso de uma senhorinha, também mineira e imigrante, que trabalhava num restaurante americano. Segundo consta, ela ficava indignada quando ouvia o chefe gritar: “Potato! Potato!”, porque entendia: “Puteiro! Puteiro!”.

Tem também a história de um camarada que, na infância, meteu um grão de feijão numa das narinas enquanto brincava com uma porção crua da referida fava. Como o item não bloqueou sua respiração, lá ficou; dizem que só descobriram a traquinagem quando um galho verde começou a brotar do interior de seu nariz.

Da respeitável e extensa tribo dos metaleiros de Juiz de Fora veio a história do sujeito que capturou um morcego na mangueira do quintal e o levou para o festival de bandas novas. O morcego se tornou um sucesso, pulando e se debatendo loucamente dentro do bolso da camisa do rapaz. Todos interpretaram convenientemente que ele estava curtindo o som.

Todo mineiro é biologicamente capaz de recontar uma história extraordinária com o rosto impassível, sem esboçar dúvida; caso o interlocutor cometa a imprudência de duvidar do fato, ele desfia na hora um rosário de parentes distantes que podem confirmar a veracidade da informação, indivíduos com os quais você nunca terá contato.

Meu colega Humberto Werneck, jornalista de integridade inatacável, que escreve neste jornal aos domingos, mencionou um conterrâneo que jurou nunca mais botar os pés na calçada em frente à própria casa depois que a Prefeitura passou a cobrar taxa de pavimentação. “Para sair, ele estendia uma tábua do portão à rua; na volta, dava um berro e alguém da casa vinha com a tábua, qual ponte levadiça”, contou. “Dizem que por ali passou seu corpo rumo ao cemitério.”

O teste do pescoço

Posted: 9th abril 2015 by Vanessa Barbara in Caderno 2, Crônicas, O Estado de São Paulo
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O Estado de São Paulo – Caderno 2
6 de abril de 2015

por Vanessa Barbara

Em 2013, o funcionário público Francisco Antero e a professora de história Luzia Souza criaram o “teste do pescoço”, uma forma simples de saber se existe segregação racial onde você mora.

Basta espichar o pescoço para dentro de uma joalheria, por exemplo, e contar quantos balconistas são negros (a categoria inclui pretos e pardos). Ou espiar o interior de um colégio de elite e calcular quantos professores e alunos são afrodescendentes. Em hospitais de ponta como Sírio-Libanês e Albert Einstein, dê uma pescoçada nos quartos e veja quantos pacientes são negros, e quantos médicos negros trabalham por lá. “Aproveite para meter o pescoço nos corredores e conte quantos negros limpam o chão”, escreveu a dupla, num post de Facebook que foi replicado mais de 9 mil vezes.

Os resultados são categóricos. Apliquei o teste em um restaurante de classe média alta nos Jardins e descobri que apenas um dos 119 clientes era negro. Entre os garçons e manobristas, a taxa subiu para quatro de dez.

Numa sorveteria da mesma região, que cobra 10 reais a bola, os resultados foram similares: cinco dos sete atendentes eram negros, em oposição a um em trinta clientes – e tenho quase certeza de que ele era estrangeiro.

A contabilidade é bem distinta quando o espaço é o transporte público; no interior do Lauzane 1744, há algumas semanas, eu era um dos três brancos em um universo de mais de vinte passageiros cansados. A maioria também é negra nos trens e metrôs, sobretudo no horário do rush e em linhas mais periféricas, como a Vermelha, na qual há uma incidência de 70 a 80% de passageiros negros. (Fonte: meu pescoço.)

Inúmeras outras questões podem ser submetidas ao teste: quantos alunos negros estudam em universidades públicas? Quantos manequins negros há nas vitrines dos shoppings? Quantos moradores de rua são afrodescendentes, e quantos dos nossos ministros são negros? (Resposta: apenas uma, a chefe da Secretaria de Políticas de Promoção da Igualdade Racial.)

O Brasil tem a segunda maior população negra do mundo depois da Nigéria. Segundo o IBGE, são 106 milhões de pessoas que se auto-identificam como pretas ou pardas, ou 53% da população. Ainda assim, uma mera pescoçada é suficiente para constatar que brancos e negros não frequentam os mesmos lugares, e que estes últimos são muitas vezes vistos como serviçais ou suspeitos.

Testes menos subjetivos que o do pescoço confirmam esse cenário: no país, o número de analfabetos negros é o dobro do número de brancos e a renda dos negros é pelo menos 40% menor. Os negros correspondem a 68,8% da população abaixo da linha da pobreza, a 68% das vítimas de homicídio e a 61,7% da população carcerária.

Um tanto contraditório para o país da democracia racial.

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O Estado de São Paulo – Caderno 2
30 de março de 2015

por Vanessa Barbara

Nas últimas semanas, 844 leitores me escreveram, desesperados, em busca de informações sobre o estado de saúde da tartaruga Napoleão.

Em primeiro lugar, gostaria de pedir muita calma. Não é o momento de promover passeatas raivosas nem de empastelar os jornais em busca de notícias; ameaças de morte não são construtivas e apenas deixam o veterinário mais nervoso.

Dito isso, vamos aos fatos: é com grande alegria que informo que, após catorze dias de internação, 28 injeções de antibiótico, dezenas de sessões de nebulização e banhos de soro fisiológico, o pequeno réptil se recuperou quase que totalmente, restando apenas uma inexplicável lesão na pata direita que o faz manquitolar pela vida afora. Voltou a comer feito um hipopótamo e está boiando com perfeição, anexando territórios e batendo a cara no vidro como todo bom imperador francês. Peço, portanto, que parem de organizar vigílias pela recuperação da tartaruga e concentrem suas orações na saúde de um jabuti chamado Michelangelo e de um axolotle que foi acometido por fungos, ambos internados na clínica do dr. Renato Leite Leonardo.

O veterinário, médico titular do meu quelônio, tem uma loja de aquarismo que fica ao lado de um rodízio de sushis, mas, contrariando as piadas fáceis, é um competente especialista em peixes ornamentais. De seu currículo constam o atendimento de uma pirarara que comeu uma ventosa, um peixinho dourado com problema na vesícula, um uaru totalmente prostrado e com suspeitas de infecção fúngica, um ciclídeo flowerhorn red dragon com anorexia, uma carpa que comeu um papel de bala e inúmeros peixes beta com cistos, tumores ou intoxicação por amônia. (Na minha opinião, seu ápice profissional veio com a consulta de um peixe beta chamado Arnoldinho.)

Jovem e falante, o dr. Renato atende todo tipo de animais silvestres e exóticos – embora às vezes confunda o nome dos pacientes, chamando Napoleão de “Leopoldo”. (O que, convenhamos, é um ótimo nome para tartaruga.) Na mesma semana pode fazer uma endoscopia numa arraia que engoliu um palito e um ultrassom num miniporco de nome Baconzitos. Já tratou de polvos, pererecas, anêmonas, tubarões, iguanas, camarões, canários, calopsitas, tucanos, agapórnis, gansos, saguis, galos, chinchilas, porcos-espinhos e porquinhos-da-índia. Atende igualmente a papagaios e a peixes-papagaio. Já diagnosticou um ferret com tumor na adrenal e uma hamster com um distúrbio uterino. Entende de caramujos de água doce e fez uma amputação em uma estrela-do-mar.

Anos atrás, o dr. Renato atendeu na clínica um coral – sim, um coral – que estava sofrendo de falta de iluminação. “O mais bonito foi ver a preocupação do dono, que o enxergava não como um objeto de ornamento em um aquário, mas sim como um animal de estimação”, afirmou.

Fico imaginando como ele preencheu, na ficha, os campos “nome” e “idade” do pet.

The International New York Times
Mar. 23, 2015

by Vanessa Barbara
Contributing Op-Ed Writer

SÃO PAULO, Brazil — One Friday night last month, the electricity was off in the streets of Palmeirinha, a favela in Rio de Janeiro. Three black teenagers were joking around in front of their houses. One of them started to run and the others followed, laughing. At that moment, the police came out shooting. Chauan Jambre Cezário, 19 years old, was seriously wounded. Alan de Souza Lima, 15 years old, died on the site with a cellphone in his hands — he had caught everything on video, including his own last agonizing minutes.

According to an official report released the next day, the boys were shot after a confrontation with the police. Officers allegedly found two guns at the scene and charged Mr. Cezário with resisting arrest. The boy, who sells iced tea on Ipanema Beach, was carried to the emergency room and handcuffed to the hospital bed.

Days later, the nine-minute cellphone video went public. Images clearly show that the teenagers didn’t have any guns on them and that there was neither confrontation nor resistance. Seconds after the shooting, a policeman asked why they had been running, to which a bleeding Mr. Cezário answered: “We were just playing around, sir.”

The charges have been dropped, but his experience, and the death of his younger friend, reflect a history of violence against young black men in Brazil.

Afro-Brazilians — people who self-identify as black or brown — make up 53 percent of our population, a total of about 106 million individuals. It is the world’s largest black population outside Africa and the second largest after Nigeria. According to the United Nations Children’s Fund, black Brazilians ages 12 to 18 are almost three times more likely to get killed than their white counterparts, and a survey by the Brazilian Forum on Public Security found that black Brazilians accounted for 68 percent of all homicide victims.

They are also more likely to be victims of police killings; a study by the University of São Carlos showed that 58 percent of all people killed in the state of São Paulo by the military police were black. They make up 62 percent of all people incarcerated nationwide.

“When you see a police patrol car, your heart freezes,” Luiz Roberto Lima, a black photographer from Rio de Janeiro who lived on the streets as a teenager, told me. “They could kill you because you were at the street or because you were standing up for your rights, and they could also kill you for pleasure. Even if you don’t have a criminal record, they may trump up something against you.” He was referring to the infamous “resistance killings,” when victims are shot after allegedly firing on the police and there is no further investigation — which is what probably would have happened in Palmeirinha if it weren’t for the video evidence.

Racial inequality has obvious historical roots. Slavery in Brazil lasted for approximately three centuries, from the start of the 16th century to the mid-19th, a period during which five million slaves were shipped here from Africa — around 11 times more than to North America. The nation was the last in the Americas to abolish slavery, in 1888. But many Afro-Brazilians are still confined to the margins of society. Today, almost 70 percent of people living in extreme poverty are black. And they are almost totally absent from positions of power. All 39 ministers of President Dilma Rousseff’s cabinet are white, except one: the head of the Special Secretariat for the Promotion of Racial Equality.

In a recent newspaper interview, the Nigerian writer Chimamanda Ngozi Adichie said that “Brazil is in denial about the racial issue.” She was astonished to learn, during a visit a few years ago, that we don’t talk much about the subject here, as if racism were not an issue. She added: “I couldn’t help but notice that race and class are connected in Brazil. I would go to nice restaurants and not see a single black person.”

This observation can be confirmed by what some Brazilians call “the neck test.” Coined by the public servant Francisco Antero and the history teacher Luzia Souza, it consists of counting the number of white and black people in different roles in different circumstances. Crane your neck into a jewelry store, for example, and count how many salesmen are black, compared with how many customers. Or take a peek at a fancy school and count how many students and teachers are black, and how many are janitors.

I’ve recently applied the neck test to an expensive ice cream store in a rich neighborhood of São Paulo. Five of the seven employees were black, compared with one in 30 customers — and I suspect he was a foreigner. Then, on a city bus, out of around two dozen passengers, I noticed that I was one of only three whites.

To improve this situation, the Brazilian government has in recent years introduced a few affirmative action programs, such as setting aside for racial minorities a certain percentage of jobs in the Civil Service and places in public universities. It has also delivered partial land rights to nine communities formed by quilombolas (descendants from groups of runaway slaves). Although these land rights are guaranteed by our Constitution, only an estimated 5.8 percent of the 214,000 families living in quilombo communities have received them.

The oldest university affirmative action program has existed for 10 years, but it still faces strong criticism. One of the biggest Brazilian newspapers has taken a firm editorial stance against racial quotas in universities, holding that a system encouraging socioeconomic diversity would be enough. Critics sometimes regard quotas as reverse discrimination, or worry that they might incite racial hatred in our imagined “racial democracy,” where blacks and whites play side by side in the streets without being shot in the chest.

It’s just as Ms. Adichie said. Brazil is still in denial.


Vanessa Barbara is a columnist for the Brazilian newspaper O Estado de São Paulo and the editor of the literary website A Hortaliça.

The International New York Times
23 de março de 2015

por Vanessa Barbara

SÃO PAULO, Brasil — Numa sexta-feira do mês passado, acabou a luz na favela da Palmeirinha, no Rio de Janeiro. Três adolescentes negros conversavam na calçada. Um deles correu e os outros o seguiram, rindo. Nesse momento, a polícia chegou atirando. Chauan Jambre Cezário, de 19 anos, foi gravemente ferido no peito. Alan de Souza Lima, de 15 anos, morreu no local com o celular na mão – ele captou tudo em vídeo, incluindo seus últimos momentos.

De acordo com um relatório oficial divulgado no dia seguinte, os garotos foram atingidos durante um confronto com a PM. Os policiais teriam supostamente encontrado duas armas na cena do crime e autuaram Cezário em flagrante por resistência à prisão. O rapaz, que vende chá gelado na praia de Ipanema, foi levado ao pronto-socorro e algemado à maca do hospital.

Dias depois, o vídeo de nove minutos veio a público. As imagens claramente mostravam que os adolescentes não portavam armas e que tampouco houve confronto ou resistência. Segundos após os tiros, um policial perguntou por que eles estavam correndo, ao que Cezário, sangrando, respondeu: “A gente estava brincando, senhor”.

As acusações foram retiradas, mas a experiência de Cezário e a morte de Lima refletem um histórico de violência contra jovens negros no Brasil.

Os afro-brasileiros – indivíduos que se auto-identificam como negros ou pardos – compõem 53% da população do país, ou 106 milhões de indivíduos. É a maior população negra fora da África e a segunda maior depois da Nigéria. De acordo com o Fundo das Nações Unidas para a Infância (UNICEF), um adolescente negro ou pardo de 12 a 18 anos no Brasil possui um risco quase três vezes maior de ser vítima de homicídio do que seu compatriota branco ou amarelo; segundo o último anuário do Fórum Brasileiro de Segurança Pública, os negros correspondem a 68% das vítimas de homicídio.

Eles também são as principais vítimas da polícia: um estudo da Universidade de São Carlos mostrou que 58% das pessoas mortas pela Polícia Militar do Estado de São Paulo eram negras. Os afro-brasileiros compreendem 62% da população carcerária do Brasil.

“Ao passar por uma viatura, o coração gela”, afirmou Luiz Roberto Lima, um fotógrafo negro que mora no Rio de Janeiro e viveu nas ruas durante a adolescência. “Podem matá-lo por você estar na rua, por estar defendendo os seus direitos e também por prazer. Se você não for criminoso e não tiver passagem pela polícia, não tem problema: forja-se”. Ele se refere aos infames “autos de resistência”, que ocorrem quando as vítimas são mortas durante um suposto confronto com a polícia, mas não há maiores investigações – é o que provavelmente aconteceria na Palmeirinha se não fosse o vídeo gravado pelo celular.

A desigualdade racial no Brasil tem claras raízes históricas. A escravidão durou aproximadamente três séculos, do início do século XVI a meados do século XIX, quando 5 milhões de escravos foram trazidos da África para o Brasil – aproximadamente onze vezes mais do que para a América do Norte. O país foi o último do hemisfério a abolir a escravidão, em 1888. Mas muitos afro-brasileiros continuam confinados à margem da sociedade; atualmente, quase 70% dos habitantes que se encontram abaixo da linha da pobreza são negros. E eles continuam quase que totalmente ausentes dos postos de poder – todos os 39 ministros do novo gabinete da presidenta Dilma Rousseff são brancos, exceto um: a chefe da Secretaria de Políticas de Promoção da Igualdade Racial.

Numa entrevista recente, a escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie afirmou que “o Brasil está em negação sobre a questão racial”. Ela se surpreendeu ao perceber, durante uma visita em 2008, que os brasileiros não tocam no assunto. E acrescentou: “Não consegui deixar de notar como raça e classe estão conectadas no Brasil. Eu ia a restaurantes bons e não via uma única pessoa negra.”

Essa observação pode ser confirmada através daquilo que alguns chamam de “teste do pescoço”. Criado pelo funcionário público Francisco Antero e pela professora de história Luzia Souza, o teste consiste em contar o número de negros e brancos em diversos papéis, em diferentes circunstâncias. Por exemplo: estique o pescoço para dentro de uma joalheria e conte quantos vendedores são negros. Ou dê uma espiada num colégio particular e conte quantos alunos e professores são brancos, e quantos negros estão varrendo o chão.

Apliquei recentemente o teste do pescoço numa sorveteria em um bairro nobre de São Paulo. Cinco dos sete funcionários eram negros, em comparação a apenas um entre trinta clientes – e acho que ele era estrangeiro. Em outro momento, num ônibus urbano, eu era um dos três únicos brancos entre mais de vinte passageiros.

Nos últimos anos, na tentativa de mudar esse cenário, o governo instaurou alguns programas de ação afirmativa, tais como reservar vagas no serviço público e nas universidades para candidatos pertencentes a minorias raciais. Também emitiu títulos parciais de terras para nove comunidades quilombolas, formadas por descendentes de escravos. Embora esse direito seja garantido pela Constituição, apenas 5,8% das 214 mil famílias que moram em quilombos o receberam.

O programa de cotas mais antigo do país, mantido pela Universidade de Brasília, existe há dez anos e ainda é alvo de fortes críticas. Um de nossos maiores jornais mantém um posicionamento editorial firme contra as cotas raciais nas universidades, argumentando que seria suficiente desenvolver um sistema de seleção que estimule a diversidade socioeconômica. Os críticos muitas vezes enxergam as cotas como um racismo reverso, ou temem que elas incitem o ódio racial em nossa imaginária democracia racial, onde brancos e negros brincam lado a lado nas ruas sem tomar tiros no peito.

É como disse Adichie: o Brasil continua em negação.

 


Cronista do jornal O Estado de São Paulo, editora do site literário A Hortaliça e colunista de opinião do NYT.

Este texto foi publicado em inglês no The International New York Times do dia 23 de março de 2015. Tradução da autora.

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O Estado de São Paulo
23 de março de 2015

por Vanessa Barbara

O jogo Depression Quest (www.depressionquest.com) não é para ser divertido. A bem da verdade, nem é para ser um jogo. Trata-se de uma ficção interativa em texto que se desenvolve à medida que o jogador toma decisões cotidianas, geralmente relativas a trabalho, saúde e relacionamentos. O objetivo é fazer com que pessoas sadias entendam a dimensão da doença e mostrar aos depressivos que eles não estão sozinhos em suas angústias.

O herói é um rapaz de 20 e poucos anos que tem um emprego meio entediante, uma mãe preocupada e uma namorada compreensiva. Uma vida normal, portanto. Só que, pouco a pouco, ele começa a se sentir “preguiçoso”, cada vez mais exausto e ansioso, e tem problemas para dormir.

Muitos dizem que é só questão de ter força de vontade e de se cuidar melhor, porém, por mais que ele se esforce, essa sensação vai se aprofundando ao longo dos dias. Ele se sente culpado por isso. Também perde o gosto pelas coisas e vê que, na maior parte do tempo, está apenas se forçando a viver.

Diante de cada situação, o jogador precisa fazer uma escolha entre uma série de possibilidades.

A grande sacada de Depression Quest é a seguinte: quanto mais a depressão se aprofunda, menos opções o protagonista possui. Por exemplo: depois de uma noite insone, ele consegue cochilar, mas acaba perdendo a hora. Se estivesse saudável, teria ânimo para sair da cama e ir para o trabalho, mesmo estando bastante atrasado. Acontece que essa opção simplesmente não existe para o depressivo; já é apresentada com uma tarja em cima, como se realmente a ação estivesse fora do seu alcance emocional. Não é mais uma escolha possível.

Como numa avalanche macabra, as poucas escolhas disponíveis ao usuário acabam levando a uma quantidade ainda menor de escolhas, a ponto de, a certa altura, não sobrar mais nenhuma.

O jogo se inicia com uma citação do escritor David Foster Wallace, que sofria de depressão atípica e suicidou-se em 2008. Para ele, a doença se traduz num “dilema emocional em que qualquer das alternativas (ou todas as alternativas) que associamos com as ações humanas – sentar ou levantar, fazer ou descansar, falar ou ficar em silêncio, viver ou morrer – não só são desagradáveis como absolutamente horríveis”.

A trilha sonora é (claro) deprimente. Há cinco finais possíveis e nenhum deles é exatamente animador. O desfecho menos ruim advém da decisão de tomar medicamentos, fazer terapia e buscar uma rede de apoio junto aos familiares e amigos. Ah, e adotar um gato.

Na primeira vez que joguei Depression Quest, ignorei o aviso de que “pessoas que estão atualmente sofrendo da doença e se encontram mais sensíveis devem saber que este jogo se utiliza de descrições fortes de indivíduos em estados muito sombrios”.

Meses se passaram até que tive coragem de tentar de novo.

Operação silêncio

Posted: 16th março 2015 by Vanessa Barbara in Caderno 2, Crônicas, O Estado de São Paulo
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O Estado de São Paulo – Caderno 2
16 de março de 2015

por Vanessa Barbara

Frank Serpico foi um policial nova-iorquino que, nos anos 70, denunciou quase que solitariamente uma gigantesca rede de extorsão que envolvia comissários, oficiais e soldados em todos os departamentos da Força Policial, a ponto de praticamente haver se tornado regra. O sistema era “alimentado pela ação da grande maioria dos policiais e protegido pelo código de silêncio daqueles que continuavam honestos”, segundo o relatório final da Comissão Knapp. Entre as atividades cotidianas de inúmeros guardas de Nova York estava o tráfico de heroína, a venda de informações sigilosas, a proteção a traficantes, o encobrimento de crimes, a execução de testemunhas, a delação de infiltrados da própria polícia e a cobrança de favores. A investigação deu início a uma limpeza moral na corporação.

Em troca, Serpico ganhou o ódio de muitos de seus pares, que o consideraram um traidor – exatamente como pode acontecer hoje, quando os que denunciam um desvio de conduta na polícia são tratados como adversários do bem e amigos do Alheio. Meses após depor na Justiça, Serpico participou de uma emboscada a um traficante e foi abandonado na linha de tiro. Foi baleado no rosto e deixado para morrer – os outros policiais nem sequer chamaram a ambulância.

Ele sobreviveu apenas porque um idoso hispânico viu a cena e chamou o socorro.

Hoje Serpico tem 78 anos e ainda traz fragmentos de bala no cérebro. Sua história foi vivida por Al Pacino num excelente drama de 1973 dirigido por Sidney Lumet. Ainda assim, ele continua a receber ameaças de morte de ex-colegas e de policiais na ativa. “A divisão de narcóticos estava podre até a medula; muitos policiais eram pagos pelos traficantes que deveriam prender. Recusei-me a receber propina e testemunhei contra meus colegas. Só que a polícia constitui uma subcultura peculiar dentro da sociedade. Possui um código próprio de conduta, uma atitude ‘nós contra eles’ que é reforçada pelo Muro Azul do Silêncio”, afirma Serpico, referindo-se à cumplicidade por vezes criminosa dos colegas de farda, numa atitude que lembra a omertà dos mafiosos.

Isso ficou claro para Serpico logo de início, quando comunicou o esquema aos superiores e nada foi apurado. Só quando ameaçou revelar o que sabia a terceiros é que foi instaurada uma investigação interna, que, por fim, também se mostrou falha e comprometida. A mudança só ocorreu quando o escândalo saiu no New York Times.

Desde aquela época, diz-se que as críticas à polícia são perigosas porque enfraqueceriam a “imagem” da corporação, fortalecendo o lado dos bandidos. Frank Serpico discorda – segundo ele, a falta de um órgão fiscalizador externo e permanente pode levar a abusos indescritíveis. “Como eu disse à Comissão Knapp 43 anos atrás, precisamos criar uma atmosfera na qual os policiais corruptos temam os policiais honestos, e não o contrário”, disse ele ano passado.